Las voces de la violencia: Marcela Nochebuena

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Hemos visto ya en diferentes medios de comunicación toda clase de vulneraciones a las víctimas de violencia: historias que pretendían perfilar a un feminicida pero terminaron en el empático lamento por la pérdida de un joven talento por culpa de una mujer precarizada, notas que han sugerido que una mujer dormida en el asiento trasero de un automóvil representa una “oportunidad” para abusar sexualmente de ella, voces a coro que han estigmatizado a mujeres asesinadas o desaparecidas por sus relaciones o actividades personales, o quienes han recurrido al gastado “crimen pasional” o a la romantización de los “hombres normales que pierden el control”, descrita de manera puntual por Fernanda Melchor en “Baladas del hombre normal”.

En México son asesinadas más de 10 mujeres todos los días

Este 25 de noviembre es preciso recordar, antes de escribir una sola línea en cualquier medio de comunicación, o echar mano de cualquier calificativo, que en México son asesinadas más de 10 mujeres todos los días, 2 mil 240 en los primeros siete meses de 2020. En tiempos recientes, el documental Las tres muertes de Marisela Escobedo ha relatado cómo en algunos de estos casos, la impunidad se acumula y se multiplica abiertamente a cada paso. Muchos otros quedan olvidados, o se enfrentan desde la estela de silencio y vacío que deja la muerte violenta.

Frente a esta aterradora realidad –y frente a los riesgos y el miedo paralizante que cualquier mujer ha vivido en una calle, en el transporte público y privado, o las más de las veces en su propia casa–, para muchos informadores y comunicadores, las múltiples formas de estigmatizar y revictimizar a las mujeres siguen siendo el recurso y la norma de cada día, quizá porque también suponen que es la mejor forma de atraer clics.

Pensar que las acciones más sutiles, o las formas de nombrarlas, no tienen nada que ver con la perpetuación de las violencias contra las mujeres es ingenuo o cínico. Es ignorar que la violencia es un continuo progresivo, que va de los machismos cotidianos al feminicidio. Es no saber que ninguna muerte es la manifestación o el resultado del amor. Es contribuir a invisibilizar a las víctimas o, peor aún, a responsabilizarlas por serlo.

Informar y educar

Informar y educar son dos de las más grandes responsabilidades. Ambas dejan una huella permanente, a veces en las personas y a veces en las colectividades. Quizá la segunda no siempre se asume como parte de la función de los medios de comunicación, aunque no sobra detenerse en la reflexión de que estos son la vía por la que muchas personas aprehenden y se apropian de ideas y formas de representación, tanto como de estigmas o prejuicios (y en muchas ocasiones las reputaciones o prestigios bastan para que exista una validez automática de lo que se dice o publica).

Aun si asumimos que educar es tarea de otros, el simple hecho de informar implica una gran responsabilidad: el aparador, el micrófono o la andanada de seguidores no son una carta abierta para decir lo que queramos y como queramos, solamente porque nada nos lo impide, o porque siempre podemos recurrir a la coartada de la libertad de expresión. No hay verdadera libertad de expresión ahí donde no hay razonamiento ni conciencia. Los discursos de odio no son opiniones y no deben escudarse en la libertad de expresión. Adjetivar y descalificar no es expresarse, o si acaso lo es en el sentido más limitado del término. Recordemos que la garantía de la libertad de expresión es imprescindible, pero también lo es la garantía y el respeto a los derechos humanos.

Quizá es momento de empezar por nuestra propia educación en perspectiva de género y de derechos humanos. Quizá también es momento de volver a pensar más en el lector, y menos en nuestra avidez por expresarnos todo el tiempo en cualesquiera términos y sin reparar en el costo o las consecuencias de nuestras palabras. Es fácil protagonizar; lo difícil es explicar, elaborar, construir y aportar alguna valía a la colectividad. Sobre todo, cuando se cuenta con un foro o un papel relevante dentro de ésta.

Es válido no saber, no conocer todas las respuestas: todas y todos crecimos y hemos sido socializados a través de ciertas preconcepciones del mundo, mediante la reproducción inconsciente de toda clase de estigmas y estereotipos. Lo que no es válido es no tener voluntad, o no tomarse tiempo alguno, para cuestionar y replantear nuestros paradigmas personales cuando tenemos una voz y, por lo tanto, una responsabilidad pública. Es entonces cuando todos esos estigmas y estereotipos dejan de reproducirse desde la inocencia o la inconsciencia para convertirse en parte sutil pero activa de la violencia.